sábado, 16 de junio de 2018

AT THE GATES: To Drink From The Night Itself (2018, Century Media) Suecia.


Por Simón García López.

Como diría el desbancado Rajoy (no me digáis que no se respira mejor desde hace unos días, hay más luz y hasta huele mejor el ambiente), un disco de At The Gates no es cosa menor, o dicho de otra manera, es cosa mayor. 

Nueva entrega de los reyes del Death metal melódico con un cambio en la formación tan llamativo como es la salida de la banda de Anders Björler a la guitarra y que hace en este caso que los lazos con su hermano se hayan roto definitivamente, espero que solo en lo musical, ya que tras su marcha de The haunted ahora ha dado la campanada de manera bastante repentina en At the gates también. Sus motivos tendrá. Verlo en directo siempre ha sido un placer por la facilidad y limpieza que demostraba a la hora de ejecutar los temas. Su lugar ha sido ocupado por Jonas Stålhammar, guitarra de The lurking fear y los históricos God Macabre entre otros, quien tuvo que aprenderse los temas de manera bastante apurada para los conciertos del grupo a principios de 2018, sacándolos con solvencia y profesionalidad máxima. 


Antes de nada, hay que dejar una cosa clara sobre At The Gates y su nuevo disco: no es otro “Slaughter of the soul”. Nunca más habrá otro "Slaughter" y nunca es nunca, ni la intención del grupo es que se repita. 

Bien, si sigues aún leyendo la reseña te puedo decir que estamos ante otro indudable buen disco de At The Gates. Yo he de reconocer que tengo debilidad por el grupo, por su música y profesionalidad. Soy un gran admirador suyo y disfruto enormemente cuando escucho cualquiera de sus discos o los veo en directo. Su música está plagada de atmósfera, de eso que yo llamo esencia, de ese algo intangible y hasta cierto punto inexplicable que toca el alma, que transmite emoción, que va más allá de una buena canción o un sonido excelente. La esencia es la atmósfera que envuelve a un disco, la sensación de gravitar, de flotar sobre el fluido emocional que genera la música y como muchas veces he dicho ya, con las producciones modernas plastificadas se ha perdido, porque el sonido enlatado expulsaba el alma de la música. Como At The Gates tienen esencia, un marcado sentido de la armonía, la musicalidad y la melodía a la vez que de la oscuridad y melancolía, a mí su música me encanta. 

La clave de toda esa melodía en su música radica en una cosa sencilla pero complicada a la vez. Cada instrumento hace algo diferente y armonizado excepto en partes muy potentes donde hay todos hacen lo mismo para aumentar la sensación de brutalidad. Cada guitarra hace una cosa y el bajo, siempre presente, es el espectro que lo envuelve todo, que le da el toque de armonía definitivo. Las líneas de bajo son siempre espectaculares en At The Gates y la clave desde mi punto de vista de su música. El resto tanto Tompa, como Adrian son la marca con sus estilos de At The Gates. La voz de Tomas es inconfundible y el estilo directo de Adrian, batería esforzado y de pegada descomunal, lo mismo.


El disco es en líneas generales una evolución de “At war with reality” hacia el pasado. Más complejo musicalmente, menos directo, las canciones tienen estructuras más volcadas a sus dos primeros discos pero con el toque de modernidad que después de todos estos años ha adquirido el grupo. Ese viaje al pasado se nota en detalles como la intro de guitarra acústica titulada “Der widerstand” muy al estilo de los 90, recurso que se repetirá en varias ocasiones a lo largo del disco como en la más lenta “Daggers of black haze” con un aroma a principios de los 90 innegable. 

El arranque del disco es eminentemente rápido muy al estilo At The Gates de toda la vida, mezclando detalles que recuerdan de pasada al “Slaughter of the soul” que encontramos también en canciones como “In death they shall burn” sobre todo por las partes más rápidas y directas, y al último “At war with reality” en canciones como “A stare bound in Stone”, pero dentro de la variedad compositiva que presenta este último disco encontramos detalles propios del hardcore al estilo de Raised fist (tranquilos todos, sé lo que digo y sí, es así, pero no pasa nada, es sólo un riff en una canción), como en el segundo riff de “Palace of leppers” sobre el que canta Tomas o en la corta y directa “The chasm”, detalles siempre ocultos dentro de la innegable marca At the gates y las enormes dosis de melodía que desarrollan en todo lo que hacen. 

Una característica marcada es que casi todas las canciones tienen finales épicos, algo que ya habían puesto en práctica en el disco anterior, desarrollando y repitiendo el último riff base mientras se van incluyendo por encima melodías que engrandecen la canción y su intensidad.



Termina el disco con una canción lenta propia de nuevo de principios de los 90 y los comienzos del Death melódico sueco, que pone un broche genial a un disco que retrotrae a los fans del grupo y su estilo a épocas pasadas y por qué no decirlo, mejores sin perder la modernidad. El Death melódico es un estilo pervertido que ha confundido sus raíces en pos de un innegable éxito comercial basado en el plástico y la música sin alma excepcionalmente tocada. At the gates no se han separado nunca de las producciones de verdad y el resultado toca el alma, por lo menos a algunos románticos como yo. 

Un disco para escuchar tranquilamente y darle unas cuantas vueltas por su complejidad compositiva. Escuchad con atención los arreglos de bajo y guitarra de cada canción y os daréis cuenta de los detalles y la brillantez de unos músicos innegablemente excelentes. 








AT THE GATES actuarán el 12 de julio en el RESURRECTION FEST.

http://atthegates.se/

© Diario de un Metalhead 2018.

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